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Un mar, tres mares

Si es cierto que no hay nada en la naturaleza que no se muestre proclive a la metáfora, no lo es menos que el mar parece erigirse como uno de los estímulos fundamentales. En las galas del paisaje, en las catástrofes naturales, en la aventura del descubrimiento y en las tragedias humanas, en el mito, en la Historia, en el símbolo y en la imaginación, en la poesía y las nomenclaturas de la ciencia, el mar impone imperturbable su arrollador protagonismo. 

Al mismo tiempo, en nuestro territorio, el Rio de la Plata sale a disputarle valientemente al mar un lugar en los mas diversos imaginarios, siempre tan convincente en su enormidad escénica, inclusive desde el mismo momento fundacional, induciendo a un azorado Juan Diaz de Solis, no otro que su descubridor, a que lo bautizara “Mar Dulce”.

Quienes tuvieron la ocurrencia de fundar en el fabuloso edificio que se conoce como el Palacio de Obras Sanitarias lo que llamaron “Museo del Agua”, resignificaron el impresionante ámbito cúbico que se conoce como Tanque Testigo, uno de los cuatro reservorios que otrora resguardaban el agua para toda la ciudad de Buenos Aires, para que esa imponente arquitectura cavernosa se nutriera con la sustancia imaginaria del agua como suscitadora de nuevas visiones, resonancias, alusiones, relatos, documentos, alegorías.

Ahora, Hencer Molina, Adriana Napoleone y Valeria Tobar se asumen como los nuevos protagonistas en este tácito linaje de poéticas afines cobijados bajo el hechizo de un título homérico: Un mar, tres mares. Tienen en común la sensitiva convicción de vincularse con el carácter intrínseco, e incluso con la constitutiva resistencia de los materiales, como un primer paso generativo de toda eventual transfiguración semántica, aquí en términos visuales y objetuales. 

Hencer Molina se vale de la cerámica para extraer de su porosidad orgánica la cualidad vítrea de cada partícula pluvial, en un melancólico diluvio ornamental de gotas ampliadas, así como busca en la limpidez refractaria de los recortes metálicos los reflejos que sean espuma oceánica en aérea coreografía, simulacro de un oleaje que sólo existe en el lenguaje. 

En una articulación encadenada de calados y microperforaciones de chapa, Adriana Napoleone invoca desde la geometría molecular al agua ontológica, que aquí se hace teatralmente fantasmal en un derrame congelado que invade superficies y columnas, se pliega y se repliega también en el espacio como un origami que es pura alusión óptica del elemento primordial. 

Valeria Tobar apela a transiciones escénicas sobre la nostalgia evocativa del paisajismo marino para examinarlo según la fugaz pregnancia de la imagen fílmica, asi como traza el rastro de sus comarcas alusivas y a la vez artificiales en invenciones lineales y pictoricistas, para que el muro, el lienzo y el papel sean testigos físicos de una perennidad paradójicamente pasajera.

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